Pablo da Silveira

Relato y post-verdad

Pablo Da Silveira

El triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses puso de moda la palabra “post-verdad”.

El término alude a una visión política que prioriza la búsqueda de impactos emocionales en la opinión pública, sin que importe casi nada la verdad o falsedad de lo que se dice. Una buena comunicación política es aquella que genera reacciones favorables en el auditorio al que va dirigida. Que se mienta o no es irrelevante. Cuando a Trump le preguntaron si no había exagerado en los ataques que lanzó durante la campaña, su respuesta fue breve y cínica: “No. ¿No vio que gané?”.
Que la “post-verdad” sea objeto de crítica es bueno para la democracia. Pero lo raro es que se la presente como algo nuevo. Es cierto que hoy aparece impulsada por un conjunto de recursos tecnológicos que no existían hasta hace poco, pero la idea es tan antigua como la política misma.

Hace 2.500 años, los sofistas griegos, o al menos algunos de ellos, sostenían que un político exitoso es aquel que consigue generar apoyos mediante la persuasión, con independencia de los métodos utilizados y aun de la calidad de sus propuestas. En el otro extremo de la historia, los kirchneristas y sus compañeros de ruta instalaron justo antes de Trump la idea de un “relato” capaz de justificar todas las irregularidades y todos los excesos. La verdad era tan poco importante para los K que envilecieron las mediciones oficiales sobre desempleo, pobreza e inflación. Y con eso destruyeron la posibilidad misma del debate público, porque para poder discutir tiene que haber primero un terreno de encuentro entre los interlocutores, que son los hechos reconocidos por ambas partes.

Aunque en una medida menor, en nuestro país también tenemos prácticas típicas de la “post-verdad”. Por ejemplo, a nuestros alumnos se les enseña en las aulas que los Tupamaros lucharon contra la dictadura, pese a que todas las pruebas confirman (incluyendo los documentos que ellos mismos escribieron) que sólo lucharon contra la democracia. Y múltiples voceros del oficialismo festejan como un logro que Uruguay sea hoy el país con mejor distribución del ingreso en América Latina, ocultando que esto viene siendo así desde que existen estadísticas.

La “post-verdad”, o “el relato”, no consisten simplemente en mentir. La mentira es una treta a la que puede recurrir cualquier pícaro. Lo que caracteriza a estas prácticas es que la mentira se vuelve sistemática, se la modula en función de objetivos políticos y se la justifica con ideología (hasta el muy básico Trump parece tener una, mezcla de paranoia y mercantilismo).

La “post-verdad” como método de gobierno es un fenómeno moderno. El primero en aplicarlo fue probablemente Napoleón, que manipuló la retórica y los valores de la Revolución Francesa para legitimar su carrera como autócrata imperialista. Decía que estaba expandiendo la libertad y la razón, pero estaba expandiendo su poder al precio de sembrar Europa de muertos. No por casualidad, George Orwell le puso su nombre al cerdo que termina adueñándose del poder en Rebelión en la granja. Durante el siglo XX, Stalin, Hitler y Mao fueron grandes maestros de este arte malsano, junto a otros ejemplos menores.

Así que la “post-verdad” no es un fenómeno nuevo. Pero eso no implica que no sea preocupante. Como siempre, la batalla por una política sana es ante todo una batalla por la verdad.

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