Luis Alberto Lacalle

 

La política exterior de un país debe, ante todo, contemplar los intereses de dicha nación. Ellos se basan tanto en la ubicación geográfica como en las relaciones comerciales y políticas que se deseen fortalecer y adecuarlas a los distintos avatares internacionales.

Para nuestro país, nacido a pesar de sus vecinos y contando con fronteras de dos enormes entidades como el Brasil y la Argentina, el primordial es el aspecto regional inmediato, entendiendo por tal, también nuestra condición de salida al mar para Paraguay y Bolivia. Puerto de mar, apertura del hinterland sudamericano al Atlántico son constantes que no pueden variar. Luego, en círculos concéntricos, las naciones cercanas del subcontinente, las demás de Iberoamérica y de América. Los cambios en comunicaciones y transporte, y la globalización del comercio nos hacen también vecinos de todo el mundo, sin excepción.

Para un país exportador como el nuestro, los lazos comerciales lo más diversificados que sea posible, son condición de nuestra independencia y de nuestra seguridad económica. Nación productora que debe ser nación mercantil para que los esfuerzos del capital y el trabajo encuentren su mejor compensación en las costas que sean. Por supuesto que no olvidamos esa nueva y pujante actividad que es la exportación de inteligencia, es decir de software y la venta de servicios de tanta importancia para nuestra economía. 

Aquí y ahora las cosas han cambiado y seguirán cambiando a un ritmo cada vez más veloz. Todo ello debe motivar una fuerte adecuación de la política exterior de nuestro país, un aprovechamiento mayor y mejor de las circunstancias mundiales. La rapidez de adaptación, el análisis sereno y aun frío, de cómo se ordenan las grandes fuerzas políticas y sus consecuentes reflejos en el comercio, son de orden. Si alguna actividad de gobierno requiere de líneas de largo alcance, ella es el diseño de los vínculos con el mundo. En parte implican fortalecer contactos antiguos, y atar otros nuevos. 

Este camino requiere reconocer que algunos intentos que se ensayaron no han sido útiles a los fines que se imaginaban y evitar decisiones causadas por elementos de ideología o proximidad doctrinal, que no son buena base para decidir en esta materia. 

Por supuesto que reiterar las bases de nuestra política en materia de Derecho internacional, nuestro apego a la solución pacífica de controversias, la tradición de defensa de la soberanía y de la no intervención, junto a una militancia invariable en materia de derechos humanos y de organización democrática que no pueden variar. Claro está que sazonadas por el realismo que impera en el mundo cruel del derecho de gentes y del pragmatismo que exige la mejor custodia del interés nacional.

Todo ello nos lleva a encarar con firmeza una transformación honda del Mercosur, con serenidad y cautela, proponer que deje de existir, en un proceso amigable de desarmado y de paulatina derogación de sus normas. La situación política y económica de los vecinos sugiere que sea un buen momento para que sus intereses coincidan en este sentido. 

Brasil vive una crisis política que corresponderá a los ciudadanos de ese país solucionar. Pero en forma contemporánea, la situación económica es de tal gravedad que puede encontrar un camino de salida en una amplia apertura comercial que lleve su enorme producción a todos lados. La Argentina, que lucha por un ordenamiento democrático sólido, necesita para lograrlo de un período de avance económico solo posible abriéndose al mundo. El Paraguay, finalmente en el camino de la prosperidad, también se beneficiaría grandemente del fin del Mercosur. Para la nación guaraní lo más importante es el tratado de la Hidrovía, que le garantice la libertad de los mares. Con un puerto en nuestra costa -zona franca mediante- tendría la llave del mundo. Todo parece dirigirse a una retracción internacional de los Estados Unidos, por lo menos en lo relativo a Iberoamérica, y a un avance de la presencia de China. Es en medio de estas dos grandes líneas que tenemos que ubicar al Uruguay.

Las cifras de exportación indican la primacía de los productos del agro, sin perjuicio de los servicios, bienes industriales y frutos del conocimiento. No se debe de olvidar que, además de una actividad diplomática eficaz, es necesario mejorar la competitividad, abatiendo costos y bajando barreras. 

En vano se abrirán mercados si no llegamos a ellos en condiciones de vender. Para ello es urgente impulsar tratados que bajen aranceles. Podemos producir la mejor carne, como ya lo hacemos, pero si Australia y Nueva Zelanda llegan a China sin aranceles no nos servirá. Inútil sería lograr esos beneficios mientras la energía -combustibles y electricidad- paguen impuestos y hagan que tanto producir como transportar, sean artificialmente más gravosos.

Todo el país debe ponerse las pilas, pero antes que nadie el gobierno.

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