Homenaje a Francisco Lavandeira
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Published on Sunday, 10 January 2016 23:45
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Written by PRENSA Partido Nacional
Homenaje a Francisco Lavandeira

Discurso de Pablo da Silveira
El 10 de enero del año 1875, como hoy, era domingo. Según un testimonio de la época, era un día “de sol espléndido y de calor excesivo”[1]. Podemos estar seguros de que esa mañana había aquí, como hay ahora, gente saliendo de misa. Porque, aunque Montevideo todavía no tenía obispo, ya tenía esta Iglesia Matriz terminada. No era exactamente la misma que conocemos hoy. Por ejemplo, todo a lo largo de la calle Sarandí, entre los contrafuertes que ahora están a la vista, había una hilera de locales que se conocían como “los cuartos”, donde funcionaban comercios. Pero la fachada y este atrio eran prácticamente los que estamos viendo. Los portones de hierro todavía no existían (recién los pusieron en 1907), pero, excepto algunos cambios de revestimiento, todo lo demás está igual: las mismas puertas, las mismas columnas, los mismos arcos, las mismas bóvedas, las mismas escalinatas. Y desde luego había un párroco, que era el padre Inocencio de Yéregui, que más tarde sería el segundo obispo de Montevideo.
Aquel 10 de enero de 1875, en este atrio funcionaba una mesa receptora de votos. Porque ese día los montevideanos habían sido llamados a votar. En aquella ciudad de pocos habitantes y de todavía menos votantes (pensemos que las mujeres no votaban), las únicas dos mesas receptoras se instalaban aquí, en este atrio, y en la puerta de la iglesia de la Unión[2].
Desde cierto punto de vista, lo que pasaba ese día no era demasiado importante. No eran elecciones nacionales, sino una votación en la que se disputaban un par de cargos menores en el gobierno de la ciudad: Alcalde Ordinario y Defensor de Menores.
Pero, desde otro punto de vista, esa votación tenía un gran significado.
En primer lugar, ocurría en medio de un clima muy tenso, en el que se sumaban una grave crisis productiva desatada un par de años atrás por una sequía que había matado millones de cabezas de ganado, una crisis presupuestal que había llevado a interrumpir el pago de salarios de los funcionarios públicos, y la falta de rumbo del gobierno presidido por don José Ellauri (no el constituyente de 1830, sino su hijo).
En segundo lugar, en esas elecciones se enfrentaban dos concepciones opuestas acerca de cómo manejar los problemas del país. De un lado estaban los principistas, que aspiraban a la resolución de los conflictos por cauces institucionales y al pleno funcionamiento del régimen electoral. Del otro lado estaban aquellos que sólo creían aplicables los métodos de la vieja política caudillista, más personalista que institucional y frecuentemente más violenta.
Los votantes tenían que elegir entre dos listas. Una, impulsada por los principistas, que llevaba como principal candidato a José Pedro Varela. El año anterior Varela había publicado La Educación del Pueblo, lo que lo había convertido en el principal abanderado de la reforma escolar y en una de las figuras más descollantes del principismo. La otra lista (que en realidad eran dos que se sumaban) reunía a blancos y colorados “netos”, como se les llamaba en la época. Sus candidatos principales eran Francisco de Tezanos y Cristóbal Salvañach. Dicho en breve, estábamos en un momento particularmente tenso del tradicional conflicto entre “caudillos” y “doctores”, que atravesaba a las dos grandes colectividades políticas.
La votación había sido inicialmente convocada para el primero de enero, y había empezado a realizarse ese día en este mismo atrio. Pero, mientras la gente votaba, se produjo un ataque dirigido por “Pancho” Belén, que disparó dos balazos contra el principista Alfredo Castellanos. El Dr. Castellanos se salvó de milagro, pero en el caos que siguió al ataque una urna rodó por los escalones y la votación fue interrumpida.
Francisco “Pancho” Belén, el hombre que había disparado, es un personaje funesto que aparece asociado a muchos de los peores episodios de violencia política que conoció el país. Colorado, hombre de confianza de Gregorio Suárez, es el mismo que había tomado prisionero a Leandro Gómez prometiendo a los brasileros que iba a respetar su vida, y después lo fusiló. Ahora, a diez años casi exactos de aquel crimen, Belén era el encargado de impedir que la votación se realizara, aun al precio de seguir matando (algo que hizo a lo largo de toda su vida).
El ataque dirigido por Pancho Belén y sus matones pretendía anular aquellas elecciones, pero sólo consiguió postergarlas. En buena medida a causa de la presión ejercida por los principistas, se volvió a convocar a los montevideanos para que votaran el 10 de enero. Entre los que más lucharon para conseguir este resultado estaba un joven abogado, periodista y profesor universitario llamado Francisco Lavandeira. El último artículo periodístico que escribió en su vida, publicado en el diario La Democracia, se llamaba “A las urnas”.
Francisco Lavandeira había nacido en Florida el 4 de junio de 1848, y lo menos que puede decirse es que anduvo rápido en la vida. Desde muy joven se dedicó a estudiar, y lo hizo con tanto éxito que a los 22 años se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires. Ese mismo año, 1870, estalló la Revolución de las Lanzas conducida por Timoteo Aparicio. Lavandeira empezó a apoyarla cuando todavía estaba en Buenos Aires y en cuanto pudo volvió a Uruguay. Poco después estaba escribiendo en La Revolución, el órgano de prensa de los sublevados, que se editaba en una imprenta volante.
Lavandeira terminó formando parte del grupo de jóvenes doctores que rodeaban a Timoteo Aparicio. Las formidables proclamas que abren y cierran esa revolución son el resultado de la cooperación entre un paisano analfabeto pero con intuiciones políticas muy claras, y un grupo de jóvenes urbanos que aportaban lo que le faltaba a ese gran soldado de la guerra gaucha.
Recién terminada la revolución, en junio de 1872, Lavandeira se convierte en uno de los tres directores y fundadores del diario La Democracia. Los otros dos eran Alfredo Vásquez Acevedo y Agustín de Vedia. En julio de ese mismo año, es designado miembro de la comisión que redacta la “Manifestación de Principios y Propósitos” del recién fundado Club Nacional, que prolonga en clave principista la tradición del viejo Partido Blanco y es una de las vertientes que nutren hasta hoy al Partido Nacional. Los otros dos miembros de la comisión que redacta la declaración de principios son Juan José de Herrera y Agustín de Vedia. Con sólo 24 años, Francisco Lavandeira estaba ejerciendo responsabilidades cívicas de primer orden y era interlocutor de figuras de enorme peso político, como era en ese momento Juan José de Herrera[3].
En mayo de 1873, todavía con 24 años, Francisco Lavandeira obtuvo la cátedra de Economía Política de la Universidad de la República, donde sustituye al antiguo rector Pedro Bustamante. Desde entonces alternó la docencia universitaria con el periodismo y con la actividad política, hasta convertirse en uno de los principales referentes del debate público de la época. Para tener una idea del impacto que había generado, alcanza recordar un dato: en 1873 integró una comisión designada por el Poder Ejecutivo para estudiar la reforma del Código Penal, en la que también estaban Gonzalo Ramírez, Alfredo Vázquez Acevedo, Juan Carlos Blanco y José María Muñoz. De esa comisión saldrá la primera propuesta formal de supresión de la pena de muerte que conoció el país[4].
La presión ejercida por Lavandeira y sus aliados tuvo éxito, de modo que el domingo 10 de enero de 1875 se volvió a votar aquí, en el atrio de la Iglesia Matriz. En esa época no existía el voto secreto así que había una única mesa electoral con dos urnas. Según la lista que se votara, el voto se colocaba en una u otra. Este procedimiento permitía saber cómo iba la votación con mucha más certeza de la que permiten hoy las encuestas en boca de urna. Bastaba con pararse cerca de la mesa receptora y contar.
Los “netos” o “candomberos”, como se les llamaba despectivamente, seguían los acontecimientos desde la “Confitería del Ruso”, que estaba ubicada sobre la calle Sarandí, aproximadamente donde ahora está el Club Uruguay. Los principistas tenían su cuartel general en el “Club Inglés”, ubicado entonces en Rincón e Ituzaingó. Quiere decir que todo giraba en torno a esta plaza, a la que entonces se llamaba popularmente “Plaza de la Constitución”, como todavía se llama oficialmente.
Pasado el mediodía estaba claro que los principistas se encaminaban hacia una victoria contundente. Entonces, Isaac de Tezanos, una figura particularmente controvertida entre los colorados “netos”, se acercó a la mesa y dijo que la votación tenía que ser suspendida por cuestiones de procedimiento. La votación no se suspendió, pero Tezanos retiró a sus fiscales. A partir de ese momento, en este atrio sólo hubo representantes de la lista principista.
Minutos después, un grupo de gente armada salió de la “Confitería del Ruso” y empezó a concentrarse bajo un ombú que había sobre la calle Cámaras (que es la actual Juan Carlos Gómez) casi enfrente de donde está hoy la sede del Partido Nacional. A ese grupo se sumó otro que llegaba desde “El Uruguay”, una publicación política dirigida por Isaac de Tezanos que tenía su sede en la calle Sarandí rumbo a la Plaza Independencia. Entre quienes organizaron el ataque estaban el propio Tezanos, Pedro Varela y un conocido matón que se llamaba Juan Queiroz. Más tarde se sumó Pancho Belén y su gente, que llegaron a caballo. Según los testimonios de época, muchos llevaban en el sombrero cintas de bayeta colorada.
Cuando los principistas supieron lo que estaba pasando, salieron del Club Inglés. Algunos se agruparon detrás de otro ombú que había en la esquina de Rincón e Ituzaingó. Otros corrieron por Ituzaingó para concentrarse aquí, en el atrio, delante de la mesa receptora de votos. El propósito era evitar con su presencia que las urnas fueran robadas o volvieran a rodar por las escaleras.
Entre los primeros que llegaron corriendo a este atrio estaba Francisco Lavandeira. En ese momento los agresores avanzaban por la plaza y estaban muy cerca. Entonces se escuchó un disparo aislado, que probablemente era una señal. Después, la primera descarga. Lavandeira recibió una bala en medio del pecho y cayó muerto en el acto, a los 26 años de edad.
A partir de ese momento, todo fue un infierno. Se escuchaban disparos de armas cortas y largas. Según algunos testimonios, había tiradores en las azoteas. También hubo ataques de arma blanca, con dagas y facones.
Los principistas que intentaban escapar eran perseguidos por Pancho Belén y sus jinetes. Algunos consiguieron huir y otros no. Otros se refugiaron en el Club Inglés o en el interior de la catedral, que abrió sus puertas gracias a una valiente orden que dio el padre Yéregui en medio del tiroteo. También hubo principistas que intentaron repeler el ataque disparando sus propias armas. Entre ellos estaban Pablo De María, que cinco años más tarde fundaría el Partido Constitucional, y el futuro presidente de la República por el Partido Colorado, Julio Herrera y Obes.
Además de Lavandeira cayeron, entre otros, Ramón Márquez, Antonio Gradín, Juan Risso, Eugenio Soto y Segundo Tajes. Cuando ya había al menos 13 muertos y más de 50 heridos, llegó a la plaza un regimiento de Cazadores comandado por el coronel Lorenzo Latorre. Estaban acantonados a tres cuadras, pero demoraron más de media hora en desplazarse. Otro regimiento de Cazadores llegó todavía más tarde. Los soldados tomaron control de la plaza, pero los atacantes, en vez de huir o ser arrestados, se quedaron conversando con ellos. Más tarde llegó el propio Gregorio Suárez a saludar a los presentes. Las elecciones se suspendieron y el gobierno de Ellauri no fue capaz de reaccionar.
La idea de resolver los problemas políticos mediante el sufragio había sufrido una dura derrota. De hecho, la derrota fue de las instituciones en su conjunto. Cinco días después de la matanza hubo un levantamiento militar que terminó con el gobierno constitucional de José Ellauri. Lo sucedió, tras un procedimiento de muy dudosa legitimidad, el mismo Pedro Varela que había participado del ataque. El coronel Lorenzo Latorre fue designado Ministro de Guerra y Marina. Dos de sus primeras medidas, avaladas por Varela, consistieron en otorgar ascensos a Pancho Belén y a Gregorio Suárez: Belén pasó a ser Comandante de Extramuros y Suárez fue designado Comandante General de Armas al Norte del Río Negro. Un año después se terminaron las formalidades y Latorre tumbó a Varela para asumir personalmente el gobierno.
La muerte temprana de Francisco Lavandeira, ocurrida en un contexto político que arrasó con todo aquello en lo que él creía, puede llevar a verlo como un derrotado. Y en cierto sentido lo fue. Aunque había sido un revolucionario blanco, murió como un principista que, sin desconocer sus raíces, se había vuelto crítico de las viejas divisas. De ese modo quedó ligado a un movimiento político que ha sido muy criticado. Peor aún, Lavandeira murió defendiendo una lista que llevaba como principal candidato a José Pedro Varela, un hombre que apenas un año más tarde abandonó a los suyos, cruzó las líneas y se pasó al bando enemigo, al punto de convertirse en alto funcionario de la dictadura de Latorre. Difícil encontrar una ilustración más dramática de las debilidades del principismo, que en su peor versión (no en la mejor) aspiró a fundar una política sin identidad ni historia.
Pero, sin ocultar este componente trágico, hay otros sentidos en los que la figura de Lavandeira crece y se vuelve victoriosa.
El principismo merece críticas, pero también reconocimientos. A su modo y con sus propios métodos, los principistas contribuyeron a crear el Uruguay que somos hoy. Como decía en uno de sus libros el recordado Lincoln Maiztegui, es injusto decir que los principistas se limitaron a hacer discursos bonitos. Las Cámaras que controlaron a partir de 1873 fortalecieron las garantías individuales, reorganizaron la hacienda pública y la administración de justicia, establecieron normas que fijaban la responsabilidad de los funcionarios públicos e impulsaron una reorganización del Estado que incluyó, entre otras cosas, la primera Ley Orgánica Policial[5].
Los principistas no son una anomalía en nuestra historia política, sino parte sustancial de ella. De manera muy especial, contribuyeron a fortalecer ideas provenientes del liberalismo clásico y del constitucionalismo norteamericano que hoy son parte de nuestro patrimonio común. Los valores de tolerancia, respeto de los derechos individuales y apego a las formas institucionales que consideramos tan típicamente uruguayos, son en buena medida un resultado de su acción. En este sentido, contribuyeron a construir el país que no queremos dejar de ser.
Francisco Lavandeira contribuyó a fortalecer estas ideas que apenas penetraron en otros lugares del continente. En sus escritos periodísticos y políticos aparece como un defensor del gobierno limitado, de una democracia moderna con controles y equilibrios, de las garantías electorales y de una actividad económica sana e independiente del juego político, que permita a los ciudadanos producir y satisfacer sus necesidades sin tener que someterse al gobierno de turno. Es un enemigo del poder arbitrario, de los monopolios y del capitalismo de amigos.
En su labor como universitario, fue reconocido en su época como un innovador que corrió los límites de la actividad académica. Un artículo publicado por Carlos María de Pena días después de su muerte dice lo siguiente:
“Nunca se había hecho en nuestra Universidad un estudio tan prolijo y detenido de las cuestiones que se ha dado en llamar cuestiones financieras. Jamás se había hecho un análisis científico y esmerado de nuestro sistema rentístico; jamás se habían arrojado tan vivos rayos de luz en ‘el laberinto de nuestro sistema fiscal’ (son sus palabras) como los que proyectó la robusta inteligencia del que fue entre nosotros el doctor Lavandeira”[6].
Para que nadie piense que este era un juicio condicionado por lealtades políticas, cabe recordar que De Pena era y siguió siendo colorado. El que habla aquí es un hombre de ideas y un universitario que admira a Lavandeira como intelectual y como académico. De hecho, De Pena se consideraba su alumno y es quien va a sucederlo en la cátedra de Economía Política, tras un breve interinato de Martín Aguirre[7].
En este sentido específico, Lavandeira no debe ser colocado entre los derrotados sino entre los vencedores, porque está entre los constructores del Uruguay que nos enorgullece y que todavía defendemos. Una manera muy simple de percibir su victoria es la siguiente. Imaginemos por un momento que nos hubiera tocado estar aquí mismo el 10 de enero de 1875, y preguntémonos de qué lado quisiéramos ser recordados por nuestros hijos, nuestros sobrinos y nuestros nietos: de este lado de la calle, junto a Lavandeira en el momento en que cae defendiendo una urna, o del lado de los que estaban en la Plaza, del lado de Pancho Belén y sus matones. Estoy seguro de que a todos los que estamos aquí nos gustaría ser recordados de este lado de la calle, y eso significa que Lavandeira triunfó sobre sus asesinos.
Pero además, y sobre todo, Lavandeira murió defendiendo algo que ha pasado a integrar el ADN de los uruguayos, que es la pureza del sufragio. En definitiva, lo que estaba defendiendo aquel día era la idea de que las elecciones son el método adecuado para dirimir conflictos entre los uruguayos. En este sentido, Lavandeira está en el punto de partida de una historia larga y gloriosa que incluye a las revoluciones saravistas de 1897 y de 1904, las luchas por el voto secreto que culminan en la elección de la asamblea constituyente del 30 de julio de 1916 y la Ley de Elecciones de 1925, y las grandes jornadas cívicas en las que los uruguayos decidieron su destino votando, como el plebiscito del 30 de noviembre de 1980.
Preguntarse cuál hubiera sido la evolución de Lavandeira si no hubiera muerto joven nos conduce al campo de la especulación. En el terreno de las ideas políticas, cumplió una evolución frecuente en su época. En 1870, durante la Revolución de las Lanzas, fue un militante entusiasta de un Partido Blanco, al que veía como instrumento para construir un país mejor. Frente a un Carlos María Ramírez que convocaba a abandonar los viejos partidos, Lavandeira respondía públicamente: “Destruirlos no, transformarlos por la educación”. En 1872 estaba entre los blancos que impulsaron la creación del Club Nacional. Cuando muere, en los primeros días de 1875, lo hace apoyando una lista principista que integraba candidatos de diferentes orígenes.
¿Qué hubiera pasado si su vida no hubiera terminado a los 26 años? Personalmente, no me resulta difícil imaginar un Francisco Lavandeira de 49 años participando activamente en la revolución saravista de 1897, que en muchos sentidos estuvo emparentada con la Revolución de las Lanzas. Ese recorrido hubiera sido coherente con sus ideas sobre el funcionamiento sano de la democracia y con sus convicciones sobre el papel que corresponde a los partidos. Además, hubiera sido convergente con el recorrido de otras figuras de su tiempo y de su entorno.
Pero todo esto, repito, pertenece al campo de la especulación. El hecho es que Lavandeira murió un día como hoy, a los 26 años, defendiendo una urna y convertido en un símbolo de muchas cosas en las que hoy creemos.
La conmoción que causó su muerte es difícil de percibir a tanta distancia. Para dar solo una idea, el diario La Democracia publicó sus columnas enlutadas durante todo el resto del año 1875[8]. Pero pocas cosas expresan mejor la conmoción del momento que el inicio de la nota publicada por Carlos María De Pena en La revista uruguaya:
“Apenas podemos dominar el profundo dolor que nos abate –escribe De Pena– en presencia de la pérdida irreparable que en la sangrienta lucha electoral del domingo pasado han sufrido la Universidad, la prensa y la República.
Lavandeira, una de las más preclaras inteligencias, uno de los primeros, si no el primero, de nuestros talentos económicos, ha caído como bueno, defendiendo valerosamente con un puñado de compañeros la libertad del sufragio”[9].
Eso es lo que, en menos palabras, dice la placa que vamos a descubrir ahora.
Al dar su vida en este mismo lugar, Francisco Lavandeira cumplió con sus ideales, con su honor y con su patria. Hoy, al descubrir esta placa, nosotros cumplimos con su memoria.
Muchas gracias.
[1] Relato de Joaquín de Salterain, recogido en Cuadernos de Marcha número 58, p. 57.
[2] Todos los detalles que tienen que ver con la votación y con los sucesos de aquellos días están tomados de Juan Carlos Pedemonte: El año terrible (Montevideo, Barreiro y Ramos, 1956), Guillermo Stewart Vargas: Perfiles significativos de la historia nacional (Montevideo, El Siglo Ilustrado, 1962) y los testimonios de época recogidos en el número 58 de Cuadernos de Marcha: Los principistas. De la paz de abril a Lorenzo Latorre (Montevideo, 1972) p. 57ss.
[3] Ver al respecto el ensayo introductorio de Elisa Silva Cazet en: La paz de abril de 1872 y el reencuentro del Partido Nacional con sus tradiciones ideológicas. Montevideo, Biblioteca “Por la Patria”, 1973, pp. xviii-xxi.
[4] Juan Oddone y Blanca Paris de Oddone: Historia de la Universidad de Montevideo. La Universidad Vieja, 1849-1885. Montevideo, Universidad de la República, 1963, p. 271.
[5] Lincoln Maiztegui. Orientales. Una historia política del Uruguay. Tomo II (Montevideo, Planeta, 2005), p. 35.
[6] Carlos María de Pena: “Francisco Lavandeira”. Artículo publicado en La revista uruguaya el 17 de enero de 1875. Se lo puede encontrar reproducido en Opinión Nacionalista, enero de 1973.
[7] Juan Oddone y Blanca Paris de Oddone: Historia de la Universidad de Montevideo. La Universidad Vieja, 1849-1885. Montevideo, Universidad de la República, 1963, p. 241.
[8] El dato es relevado por Pivel Devoto en un texto publicado en la Revista Histórica, Tomo LI, Nos. 151-153 (Montevideo, 1979), p. 606.
[9] Carlos María de Pena: “Francisco Lavandeira”. Artículo publicado en La revista uruguaya el 17 de enero de 1875. Se lo puede encontrar reproducido en Opinión Nacionalista, enero de 1973.